Monastrell: frescura en tierra seca

Hay cosas que uno aprende caminando.

La sierra de Bullas en mayo huele a espliego, tomillo y romero. El monte respira limpio y entre las piedras aparecen las amapolas encendiendo el paisaje. Allí, mientras avanzas por los caminos, uno recuerda algo que a veces parece discutido en el resto del país: Murcia existe.

En ese paisaje áspero crece la Monastrell. Una uva con fama de músculo, de sol y de vinos contundentes. Y sí, puede serlo. Pero en Bullas también muestra otra cara.

Altitud, noches frescas y viñas viejas acostumbradas a sobrevivir sin aspavientos. Aquí la Monastrell puede ser jugosa, precisa, casi crujiente. Solo necesita que la dejen hablar.

Un buen ejemplo es Caravaka Black Cave de Bodegas Saura. Fruta roja madura, hierbas mediterráneas y un fondo mineral que recuerda a la piedra caliente al caer la tarde. Tiene carácter, pero también una frescura que invita a seguir bebiendo.

Y entonces aparece la cocina que entiende estos vinos sin necesidad de explicaciones: unas migas de harina con tocino, jamón, guisantes y habas. La grasa abraza el vino y la acidez limpia el paladar con una naturalidad que ninguna teoría de maridaje podría mejorar.

A veces se habla de la Monastrell como si fuese una reliquia del Mediterráneo.

No lo es.

Simplemente es una variedad que, cuando se trabaja con respeto, sigue diciendo algo muy claro: el vino nace del paisaje.

Y en Bullas ese paisaje aún habla con acento murciano.

Aunque algunos todavía estén descubriendo que Murcia existe.

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